(En)torno a una “captura”

El Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) y el Museo Nacional de Costa Rica (MNCR) mancomunan esfuerzos para abrir esta muestra en lo que fueran los calabozos del antiguo “Cuartel de Bella Vista”, marco que agrega sentido al exponer las fotografías de José Alberto Hernández, curada por Adriana Collado, del 26 de Mayo al 21 de Agosto 2016.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

Entorno enigmático

Las vibraciones propias del espacio expositivo cargan de interés a cada signo o imagen catapultada para sentir el discurso central: existencia de una forma de belleza quizás advertida en ciertos grados del dolor, persistentes en vivencias traumáticas o en ciertos estados de la inconsciencia. Es ahí que lo expuesto se vuelve sugestivo, advertido en ese grado de aproximación a lo bello que pueden tener esos grandes iconos de armas a veces dirigidas en contra de nuestra propia humanidad. Se trata de fotos de revólveres, rifles, balas, casquillos, detalles de los mecanismos y aparataje estudiado por la balística que fueron expuestos en 2007 en el MADC con el título “Metodología: Serie Inventarios. Se exhiben además algunos retratos de la serie “RIP, Retratos Policiales Inconclusos” (2005-2010) de convictos que quizás aún purgan en prisión y lo demuestran sus rostros difusos, marcados por una “deformidad” intencionada por parte del artista para no ser tan explícito con la identidad del sujeto sentenciado o en caso de estudio policial; también aparecen algunos protocolos de archivo e indicios útiles para el registro o administración penal y judicial.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

Este encuadre conforma el “texto” principal de lo expuesto, pero se disfruta de igual manera la existencia de un “contra-texto”, con unas fotografías de pequeño formato e impresas en un material distinto, quizás metálico, que a veces nos sacan de la lectura principal al estar dispuestas en sitios inesperados –o muy abajo o muy arriba de las paredes-, provienen de una acción o taller del artista titulada “Gráfica de Encierro” (2011-2016) realizada en un penal, cuando él dio a un grupo de reclusos una cámara compacta (con película incorporada) para que capturaran su propio entorno, la cárcel física tangible desde dentro, la que ellos perciben como paisaje del día a día. Intenso e interesante estudio que requiere otro carácter de mirada, en ese caso la sociológica.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

“Insight”

Definitivamente cuando un individuo creativo, sensible y apasionado por perseguir sus propósitos –como es el caso de José Alberto Hernández-, ha puesto tanto pensamiento en un proyecto, y se suma el de la curadora Collado, dan sentido a un estado “Insight” –clarividencia profunda, vivencialidad donde todo amarra o (con)cuerda, y al fluir contribuye sustancialmente a la lectura e investigación acerca de la muestra y el trabajo de este artista.

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Detalle de los calabozos del antiguo Cuartel de Bella Vista hoy Museo Nacional. Foto LFQ.

Captura de nuestra memoria

Al intentar dar una respuesta al significado mismo de ser un presidiario en esta sociedad, advertir sus congojas, tensiones, “dolor” que no está nada ausente en la vida cuando se es privado de libertad, habrá tantas memorias como lecturas se hagan de dicho trance visto a través del prisma del arte contemporáneo. Al caminar por la exhibición retornó a mi memoria la imagen de una señora -cuando yo era estudiante en la ciudad de Roma en los años ochenta, y el estudio del maestro que frecuentaba se ubicaba al lado de los muros de Regina Coeli, temible reclusorio en el Trastevere, en la ciudad eterna-, la mujer, quizás madre o esposa, llegaba todas las mañanas a la hora que sacaban los reclusos a recibir el sol, al otro lado de aquellas altas murallas, y desgalillada al aire mensajes que quizás el destinatario no recibiría o quizás sí. En esa compleja percepción comprendí el significado de la prisión, donde se pueden escuchar muchas voces pero en el fondo nadie las escucha, espera que desespera pues los cambios se cuentan no en minutos u horas como en la vida diaria, sino en largos años y la vivencia de lo temporal es muy distinta, sinónimo de incertidumbre, indiferencia, negación.

Recordé también mis tiempos juveniles cuando leí aquella novela de José León Sánchez, “La isla de los hombres solos”, vivencia espeluznante ocurrida en el presidio de San Lucas, que un día de tantos visité, y al posar la mirada entre los barrotes, los grafiti y el repaso de lo leído, comprendí realmente lo inefable de ese tiempo de suplicio.

Mientras caminaba además por las salas de la muestra, en la zona de antiguos calabozos, recordé otra lectura, la de Oscar Wilde con su Epístola: “In Carcere et Vinculis (“De Profundis”), y en cada pieza de la muestra machacaba los signos de la desesperanza de quizás cuantos relatos de tortura, de desazón y espasmo; precisamente recordé la última frase con que concluye esta tremenda carta escrita por el escritor británico en sus años de reclusión, el estado más bajo en que puede caer un individuo: Quizás me fue dado enseñarte algo mucho más maravilloso: el sentido del dolor – y su belleza.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

¿Belleza del dolor?

Esta percepción es tremenda y ¿acaso, nos es central en el discurso de esta muestra? Pareciera enfermizo considerar “la belleza del dolor” pero en el fondo es un concepto “tiritante” -comprendido solo por quienes por su sensibilidad y atención a lo observado, encuentran acceso al estado de “Insigh” comentado..

Pero mis percepciones de “Capturas” no terminaron ahí, caminé por los vericuetos y subespacios donde a veces se esconden las palabras y frases, donde se decodifican los mensajes que no están a simple vista: Siempre he afirmado que caminar es sinónimo de pensar, de escudriñar, de asumir los significados.

Recordé otra lectura más, la de Urbanoscopio (1997) del célebre escritor nacional Fernando Contreras Castro, donde en una de sus narraciones refiere a cómo eliminar las cárceles, en un experimento con un grupo de reclusos a quienes a cambio de quedar libres les fue implantado un dispositivo, para que el privado de libertad observara de por vida unos barrotes que le recordaran su condición. Tremenda pesadilla: Y salieron a la calle después de la convalecencia, con sus anteojos a rayas, se despidieron, se dispersaron y fueron a donde les dio la gana mirando al mundo desde las celdas diminutas de sus ojos. A donde quiera que dirigían la vista, ahí estaban perennes las ventanas de barrotes… siempre las rejas proyectadas sobre la superficie del mar, sobre la piel de las mujeres desnudas, entre sus ojos y los ojos de sus madres, entre los ojos y los ojos de sus hijos, entre los ojos y los ojos del mundo. Termina esta narración con la quimera: Solo sobrevivieron los dos que vaciaron los ojos.

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De la serie RIP Retratos Policiales Inconclusos de José Alberto Hernández.

Detallo el argumento de este cuento que capturó mi sensibilidad y los ojos de la memoria, pues una de las piezas “RIP –Retratos Policiales Inconclusos”, expuesta en una zona de los calabozos del antiguo cuartel, a la fotografía le caen unas sombras de barrotes que provienen de otra estancia pero que indirectamente la afecta y propaga el alto signo de incertidumbre.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

Es más, en esa revisión al trabajo creativo de José Alberto Hernández recordé otro acto que no quiero omitir pues me permite otro abordaje, se trata de la experiencia de la artista cubana Tania Brughera al plantear precisamente finalizando el año anterior “El Susurro de Tatlin #6” en Plaza de la Revolución de La Habana, por lo cual fue detenida y confiscados sus documentos, en otro de los confines de la disidencia, y la connotación de la cárcel política por la cual también urge reflexionar.

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“Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional. Foto LFQ.

Cárceles interiores

Ya para concluir con este acercamiento a la muestra “Capturas” de José Alberto Hernández en el Museo Nacional, quisiera agregar que algunas personas llevan una cárcel dentro, aunque sean libres y anden por las calles -pero no hablo de la del experimento relatado de Contreras-, hablo de la prisión de la vergüenza, la cárcel del miedo, o del ser convicto por la angustia de no reconocer una verdad: hablo del patíbulo psicológico. También muchos acceden a experiencias similares por cuestiones religiosas o para provocar una reflexión acerca de las virtudes de la vida en libertad. No queda al margen las connotaciones políticas que tanto repudio tienen aun a estas alturas de la civilización.

 

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